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La Roma de Wilcock
Tokonoma, octubre de 1996

¿Qué es Italienisches Liederbuch?

Un libro de poemas de amor que Juan Rodolfo Wilcock escribió en sólo trece días, entre el 4 y el 16 de julio de 1973, en su rancho de Lubriano (Viterbo), y que publicó en Italia la editorial Rizzoli al año siguiente.

¿De qué lieders se trata?

Son 34 poesías producto de un amor loco. Wilcock vuelve de alguna manera a su pasión juvenil, cuando plagiaba los versos de Swiburne, y escribe este "libro de canciones italianas" que trata de recrear el aroma de los versos de Michelangelo (a quien cita al comienzo del libro) con un italiano tan denso y cincelado, eficaz y transparente como el de Miguel Angel. No hay que olvidar los "Elegías Romanas" que Goethe escribió entre 1788 y 1790 y que él mismo estuvo alguna vez tentado en titular "Erótica Romana" y que bien hubiera podido ser el título de estas Italienisches. Y, naturalmente, la referencia que cae por su propio peso, las Italienisches Liederbuch de Hugo Wolf, que Wilcock escuchaba por la radio (uno de sus pocos grandes lujos, junto con un viejo Volkswagen con el que aparecía cada tanto en Roma) cuando la daban y tenía ganas de oírla.

Denso y cincelado; eficaz y transparente: esas palabras no parecen querer decir mucho.

Es verdad. Voy a tratar de explicarlo mejor. ¿Recuerda a Cornelius Jansen, el teólogo y filósofo holandés? ¿Recuerda el Augustinus? Bien: Wilcock parece jansenista: lo cuida todo hasta en los más mínimos detalles. Creo que la experiencia de escritura de Wilcock es bastante compleja, pero termina desembocando en resultados simples. Parece querer tender hacia ciertos criterios de orden, claridad, simplicidad. Para él un modelo fue siempre Robert Walser: esas frases labradas como diamantes (sé que eso tampoco quiere decir mucho, pero déjeme seguir), breves, desapegadas, que llegan a la parodia, a la caricatura. Después fue Ronald Firbank. Pero si le hubiéramos podido preguntar a él a qué corrientes de escritores creía pertenecer, sin duda hubiera pronunciado el nombre de Wittgenstein; hubiera dicho: «Ludwig». Wilcock escribe Italienisches a mediados de julio, cuando comienza en Europa el verano. Pero lo que impresiona desde el principio es esa pericia técnica (perdón otra vez) que le hace capaz de sacar el máximo partido; una habilidad estilística y constructiva que permiten comprobar que Wilcock conoce el "oficio". Para aquellos años Wilcock había escrito una serie de ensayos sobre escritores italianos y había constatado que no le divertían en la medida en que ellos mismos no lo hacían y no lograban ocultar el cansancio y el aburrimiento que sentían cuando escribían. La impresión, si se consigue vivenciarla, es terrible: Wilcock se imaginaba al hombre que se sentaba a su mesa de trabajo y se decía a sí mismo: "Este maldito libro tengo que escribirlo cueste lo que cueste, y acabarlo cuanto antes". De ahí las lagunas, los puntos oscuros, las incomprensiones, las frases vacías, y, sobre todo, ese tedio prodigioso que lleva a la paranoia. Wilcock se pregunta "¿Por qué escriben? ¿Por qué se someten a esa fatiga, a ese sufrimiento, a ese tormento?" Lo cual revela hasta que punto Wilcock se sentía un diletante en comparación con esos escritores amantes de los trabajos forzados, un diletante en el sentido literal, "aquel que se deleita". Pero no obstante su deleite es un oficio, y un oficio que se toma en serio. Pero Wilcock piensa sólo en sí mismo, o, con más precisión, en el lector como en otro yo mismo, y consideraba que una de las mayores hipocresías era atreverse a decir, por ejemplo, que se escribía "para los demás". En ese sentido era un hombre moral, y como todo hombre moral escribe libros morales. Italienisches es un libro moral.

¿Pero por qué sería más moral escribir para sí mismo que para los demás?

Porque no se puede jugar con uno mismo. Porque Wilcock se toma tan en serio y siente al enfrentarse a sí mismo tanto respeto que esto constituye el mayor compromiso posible en favor de la honestidad. Escribir para uno mismo es la garantía de que no se hará perder el tiempo al lector. Wilcock escribe acerca de él, para él y algunas veces contra él.

Al comienzo habló de una cierta deuda que Wilcock tenía con Miguel Angel. ¿Podría decir algo al respecto?

Wilcock cita al comienzo del libro un verso: "¿Quién me defenderá de tu bello rostro?" Esa presencia allí, en la primera página, indica para mí mucho. Para empezar, Miguel Angel especifica siempre (o casi siempre) quien es el destinatario de sus sonetos. Wilcock no. No sólo eso: Wilcock se esfuerza porque no sea reconocible siquiera el sexo del destinatario. Comienza con una palabra atrofiante, dice innamorevole, que es un término que no existe en italiano; dice seducente, que es un participio activo que en italiano es neutro y que en español es, a la vez, adjetivo y sustantivo. En ninguno de los 34 poemas es posible descubrir a quién están dirigidos. Esa diferencia fundamental es a la vez un homenaje y una manera muy wilcockiana de alagar a sus maestros. Es intrigante.

¿Qué es intrigante?

Es intrigante el movimiento que suscita la lectura de Italienisches, las idas y venidas, la habilidad con que Wilcock elude aludir al tema en cuestión. Escribe en ese estado que Hemingway consideraba el ideal: está perdidamente enamorado. Está lo que se dice vulgarmente "emocionalmente estable" (perdón). Puede trabajar en cualquier momento si lo dejan tranquilo y nadie lo interrumpe, lo que quiere decir que puede escribir si puede ser despiadado con los demás. Pero la mejor escritura la produce cuando está enamorado. Una vez que la escritura se ha convertido en el mayor vicio, en el mayor placer, sólo la muerte puede interrumpirla. La seguridad económica es una gran ayuda (Wilcock no la tuvo nunca) porque evita las preocupaciones (Wilcock siempre las tuvo). Pero las preocupaciones pueden destruir la capacidad de escribir. La mala salud es mala en tanto produce preocupaciones. Aún en ese estado Wilcock nunca dejó de producir.

¿Pero de que nos habla Wilcock enamorado?

Del sujeto de su amor, naturalmente. Pero también de Roma, lo que equivale a decir que también la ama. El libro podría leerse prestando atención a dos vertientes que confluyen en el mismo mar, la poesía (disculpe). Una vertiente sería la representada por ese sujeto amado. Se lo describe, se lo alaba, se cuentan sus milagros. La otra vertiente, más sinuosa, estaría trazada sobre el mapa, llevando al lector a recorrer una Roma particular, una Roma restringida, aquellos lugares que uno no visita, o no visita tan detenidamente, si se embarca en un tour provisto de una guía trilingüe. Trasladado al mapa, notaríamos que ese recorrido se circunscribe a una la colina del Testaccio, la Pirámide de Cayo Cestio y el Piazzale Ostiense. Desde allí es posible, libro en mano, acceder a una Roma inusual. Me parece absolutamente tentador llevar a cabo esa travesía inútil, conocer la Roma por la que Wilcock circulaba.

¿No podría, grosso modo, llevarla a cabo ahora?

Si, pero para eso es necesario deshacerse de esa cronología libresca que suele arruinar todos los planes. Puedo hacerle recorrer la Roma de Wilcock, pero si soy el guía esto lleva implícito que de alguna manera es también mi Roma. Lo que quiere decir que, por más fiel que permanezca al trazado toponímico de Wilcock, siempre el mejor guía hubiera debido ser él mismo. En el hecho de tomar el micrófono en mano hay ya una pequeña traición inevitable...

Adelante, por favor...

Salimos desde el metro al aire libre en la estación Pirámide, en pleno Testaccio. Tenemos la Estación Roma-Ostia a nuestras espaldas y, a la derecha, la Via delle Cave Adreatine. Desde esa esquina divisamos al final el Piazzale dei Partigiani y la Estación Ostiense de trenes. A nuestra izquierda la Pirámide de Cayo Cestio y el Piazzale Ostiense, y un poco más allá la Piazza di Porta San Paolo. ¿Me sigue?

Si, continúe...

Esta es una de las zonas más mencionadas por Wilcock. Allí enfrente, un poco más allá del Piazzale Ostiense, está el Correo. ¿Recuerda el poema en donde los empleados se ponen a comer peonías debajo de Scanderbeg? Este es el Correo y ahí está la Piazza Albania. Los empleados han surcado el Parco della Resistenza dell'8 Settembre y han desembocado a los pies de este monumento que conmemora al patriota albanés Scanderbeg (Jorge Castriota) que se distinguió luchando contra los turcos en el siglo XV. Pero dejemos eso y prestemos atención a la Pirámide. Lo único que conocemos de Cayo Cestio es su tumba, esta imponente pirámide revestida de mármol blanco y atravesada por la Muralla Aureliana. Tiene 27 metros de altura y tardó en construirse 330 días. Y allí está la entrada del Cementerio Protestante. La paz que se respira aquí es conmovedora. Desde 1738 fueron enterrados aquí numerosos personajes del mundo protestante, principalmente ingleses y alemanes. En la parte más antigua se encuentra John Keats ("Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua") y su amigo Joseph Severn, no muy lejos de donde están las cenizas de Shelley. Ya que estamos aquí podríamos ir a visitar la tumba de Wilcock, que está junto a la de Vassilis Vassilikos, y la de Antonio Gramsci y la del hijo de Goethe. La de Wilcock, clara, sencilla, sin presunción bajo la sombra de los árboles infunde respeto (¿o deberíamos decir miedo?). Salgamos y subamos por el Viale del Campo Boario. Ahí está el Monte Testaccio. Es una colina artificial, que se formó entre el año 140 a.C. y el 250 d.C., a partir de millones de testae, los fragmentos de las ánforas empleadas para transportar mercancías. La colina mide 36 metros de altura. Tomamos la Via Zabaglia y comenzamos a escalar la pronunciada subida. Desde aquí arriba se alcanza a ver todo el valle del Tíber, las zonas obreras de la Magliana y el Aventino hacia el oeste, y Villa Borghese y el Monte Mario, que es fácil de reconocer por la antena de la RAI. A orillas del Tíber se ven los atracaderos de las naves mercantes romanas, allí, donde ahora se encuentra la Piazza dell'Emporio. El puerto se construyó en el año 193 d.C. cuando el primer puerto romano del Foro Boario quedó chico. Ahora giremos sobre nuestros talones y miremos hacia abajo. Ahí está el gasómetro, que desde el cambio al gas subterráneo ya no está en servicio. Detrás del Testaccio la pendiente baja al Mattatoio, el matadero. ¿Ve ese enorme complejo? Está vacío. Hasta 1875 fue la principal fuente de ingresos de Testaccio. Bajemos. Tomemos la via Galvani en dirección a la Piazza Albania, sigamos por el Viale Aventino. ¿Ve ese enorme edificio? Es la FAO, la Food and Agriculture Organization, que desde 1943 tiene su sede central aquí, en Roma. Ahí esta el Circo Massimo: lo que fue el estadio más grande Roma hoy no es más que una explanada cubierta de hierba. Pasemos de largo: Wilcock ni lo menciona.

¿Y ahora?

Estamos cerca del Coliseo. ¿Lo ve allá, al final de la Via di San Gregorio? Lo mandó construir el emperador Vespasiano en el año 72 d.C. junto a un lago, en los terrenos del palacio de Nerón. Tomó ese nombre de una enorme estatua de bronce que se alzaba junto a él, y que la escasez medieval de metales tiró abajo. Aquí es donde Wilcock pide a gritos a los caballeros de Arturo, a los valientes de Orlando, a los musulmanes rabiosos y a los mongoles de Samarcanda que corran carreras alrededor para hacer ver cuán tosco era el mundo hasta que llegó esa luz, esa sophia. Ahora tomemos la Via di San Giovanni in Laterano hasta la Basílica cuyos doce apóstoles, blancos y teatrales delante de los reflectores, en un poema de Wilcock se mueven y señalan con el dedo a alguien que corre por la plaza con un perro. ¿Se acuerda? La Basílica conserva todavía la forma primitiva, de cuando el emperador Constantino mandó a construirla a comienzos del siglo IV. Fue dos veces destruida por incendios y otras tantas reconstruida. Ahora tomemos un taxi en la Via Merulana hasta la Stazione Termini. Aquí la tiene. ¿No se siente aturdido? Vea como la grandiosidad del trazado urbano colocó justo enfrente la mayor estación de autobuses de la ciudad. Es algo tan repelente que ni siquiera los mismos romanos llegaron a acostumbrarse. ¿Ve a través de los árboles de Piazza del Cincuecento cómo destellan los ladrillos rojos de los baños de las termas de Diocleciano? Datan del siglo III y ahora alberga un museo arqueológico maravilloso. Ahí, a la derecha, tiene otro resto de la Roma antigua: la muralla Serviana (pero Wilcock ni la menciona, así que miremos para otro lado). Si seguimos caminando hacia arriba llegamos a la Via XX Settembre, que conduce a la izquierda al Palacio de Quirinal, en otro tiempo residencia de los papas y hoy del presidente de la República. Aquí están Cástor y Pólux, patrones de los jinetes. Las guías turísticas se obstinan en verlos cabalgando, pero es mentira: llevan por la brida a dos espléndidos caballos. Miden 5,5 metros y son copias romanas de originales griegos del siglo V a.C. Un obelisco se alza entre ellos: lo trajeron aquí en 1786, procedente del mausoleo de Augusto. Esa fuente (que Wilcock describe como una copa de granito ceniciento, es decir, como lo que es) la añadieron en 1818, trayéndola del Foro, en donde era empleada como abrevadero...

¿Adonde vamos ahora?

A los Parioli, uno de los distritos mas selectos en las afueras de Roma que ostenta hoy algunos de los hoteles y clubes más lujosos, rodeado por la Villa Borghese, el mayor parque público de Roma. Allí, en octubre del año 312, exactamente en el puente Milvio, Majencio tendió una trampa a Constantino dando por supuesto que iba a caer en ella: construyó sobre el río varios puentes falsos e intencionalmente colocó sus naves de manera inadecuada a lo que exigía una buena estrategia; pero después, al ver que el emperador, al frente de sus ejércitos, se aproximaba a la orilla opuesta, quiso llegar a ella antes que los romanos, y olvidándose, con la ofuscación y el apuro, de que los puentes tendidos sobre el río eran falsos, capitaneando a un grupo de sus tropas y dando orden al resto de las fuerzas de que le siguieran, entró en uno de aquellos puentes para salir al encuentro de sus enemigos; pero el puente se hundió y Majencio y cuantos le seguían cayeron al agua y murieron ahogados. Wilcock recuerda este hecho.

Si no me equivoco, Wilcock recuerda otro que tiene como principal protagonista a Constantino...

Si. El poema dice: "El sexto mensaje apareció en el cielo,/ era un anuncio, me parece, de la Firestone." En tiempos de Constantino una multitud de bárbaros se congregó a orillas del Danubio con la intención de cruzar el río y conquistar todas las tierras occidentales. Cuando Constantino se enteró, levantó sus campamentos, avanzó con sus ejércitos, llegó hasta el Danubio y colocó en sus orillas estratégicamente a sus soldados. Luego, viendo que las tropas enemigas atravesaban el río, y temiendo que al día siguiente estuviesen ya en la orilla en que se encontraban sus tropas para atacarlas, sintió un miedo extraordinario. Aquella misma noche, mientras dormía, un ángel lo despertó y lo invitó a mirar a lo alto. Al levantar los ojos hacia el cielo Constantino vio suspendida en el espacio una cruz formada por dos rayos luminosos y sobre ella la inscripción en letras de oro que decía: "In hoc signo vinces" (Con esta señal vencerás). Confortado con esta visión Constantino mandó construir una cruz semejante a la que viera en el cielo e hizo que un abanderado la llevara enhiesta, a modo de estandarte, delante de los soldados; dió orden de ataque y lanzó sus ejércitos contra el enemigo, causando entre estos muchísimos muertos y obligando a huir al resto de las tropas bárbaras. Después de la victoria Constantino reunió a los pontífices de todos los templos y trató de averiguar por medio de ellos a que dios pertenecía la señal en cuyo nombre había obtenido tan importante triunfo. Ninguno de los reunidos supo dar respuesta; pero sí se la dieron algunos cristianos que comparecieron ante él y le explicaron minuciosamente todo lo relativo al misterio de la Santa Cruz y a la fe en la Trinidad. A raíz de esto el emperador creyó con toda su alma en Jesucristo y se hizo bautizar, según algunos libros por el papa Eusebio y, según otros, por el obispo de Cesarea. A una conversión similar se refiere Wilcock en ese poema, más adelante.

¿Quiero hacerle notar que ha caído la noche? ¿Qué hacemos?

Vayamos a ver el Panteón iluminado. Esta maravilla de la ingeniería romana se la debemos al emperador Adriano, que la proyectó y la mandó construir en el año 125 d.C. para reemplazar un templo anterior construido por Marco Agrippa, yerno de Augusto, en el año 27 a.C. (de ahí la inscripción que figura en el frontispicio, que Adriano mantuvo después que un incendio destruyera todo el resto). A esta hora está cerrado, pero no importa: su mejor aspecto lo presenta así, iluminado. Sigamos ahora por este laberinto de calles rumbo al Tíber para ver el Castel Sant'Angelo. Lo único que se conserva es la base de lo que alguna vez fue la estructura (iniciada por Adriano, en el año 130 d.C.) destinada a ser un mausoleo...

¿Qué significa ese ángel desenvainando una espada allí, en la cima?

En una novela de Donald Westlake un hombre se salva de la prisión gracias a un malentendido como este. Es difícil discernir si alguien que está inmóvil con una espada en la mano la está envainando o desenvainando. El caso aquí es como sigue: en el año 590 el papa Gregorio Magno iba camino a San Pedro y vio, encima de la Ciudadela, a un ángel envainando la espada, lo que el papa interpretó como un aviso del fin de la peste que estaba asolando a Roma. De inmediato mandó a construir una capilla en ese lugar y le cambió el nombre a la fortaleza. Pero esa estatua fue agregada recién en 1753. Durante el Renacimiento el Castel fue usado como prisión y después como residencia papal.

¿Es todo?

Naturalmente que no. Queda mucho por ver todavía. Tomar la Via Appia Nuova (que Wilcock compara con el Nilo y llama Appia Azul) y dejarse llevar por el tráfico hasta el aeropuerto de Ciampino; recorrer la Muralla Aureliana iluminada por rayos, ruedas y petardos; visitar las termas de Caracalla y dar una vuelta en torno a Roma conduciendo un viejo Volkswagen como el de Wilcock por el Raccordo Anulare, tomar un desvío y terminar, extenuados, en Porta Furba, fuera de Roma. De ahí podemos ir a visitar el aeropuerto de Fiumicino.

¿Nada más?

En Italienisches se mencionan otros sitios: Olimpia, Éfeso, el Mar Rojo, el Danubio, el océano Atlántico, el Pacífico, el Indico, el Artico, los mares del Sur, el valle de la Caffarella, Lubriano...

¿Por qué Wilcock, amando como amaba a esta ciudad, eligió un pueblo tan alejado como Lubriano para vivir?

Ni Trajano ni Caracalla vivieron en Roma y gobernaron el imperio.

Pero Wilcock no gobernó

Es cierto. Wilcock reinó.